EL FANTÁSTICO RETORNO A LA ISLA

Aventura ficción  |  Cristóvão J.Z. Wieliczka
ilustracion: Nadime Boueri

EL FANTÁSTICO RETORNO A LA ISLA

Aventura ficción

moai



Vine de Nueva York y estoy de vacaciones en Inglaterra. Visitando el museo de Londres, sentado frente al moái Hoa Hakananai'a recordé una historia que mi abuelo me contó una tarde lluviosa, tomando té en su casa, en California, y que era así...

—¡Vamos!... ¡Vamos!... Gritaba el comandante Powell a los hombres que arrastraban el moái que pesaba toneladas y que medía más de dos metros de altura.

—Vamos... Vamos... ¡Puede llover y eso nos va a atrasar la partida! Él estaba impaciente. Sabía que el viaje de regreso a Inglaterra sería penoso y hacía tres días que los nativos Rapa Nui arrastraban aquella piedra gigantesca hacia el puerto, todavía distante. De repente un estallido y un susto. Una cuerda se había reventado.

—Vamos... Volvió a gritar. No podemos perder tiempo. Y, para su azar, nubes negras habían oscurecido el cielo y una lluvia torrencial se desató a seguir. Nada podían hacer, solo correr y protegerse de la lluvia. Los nativos se refugiaron de la lluvia y algunos marineros, con el comandante, corrieron a la fragata Topaze, de la marina real británica con sus tres grandes mástiles y muchas velas, anclada en una bahía de la Isla de Pascua.

En la mañana del segundo día la lluvia amainó. Los nativos volvieron a arrastrar el Hoa Hakananai'a con extensas cuerdas de fibra natural, sujetadas a la cabeza y al cuerpo del moái y tiradas alternadamente por hombres ordenados en dos hileras casi paralelas, que hacían avanzar la pesada estatua un poco a la derecha, luego a la izquierda, como que si estuviese andando.

Y al final de aquella tarde, después de muchas peripecias, el moái fue subido a bordo y colocado en la bodega. El semblante triste del moái, mojado por la lluvia en el fondo del navío, parecía llorar. Él no sabía lo que estaba haciendo allí. El cuaderno de bitácora, salvo engaño, registraba la fecha del siete de noviembre de 1868 y bajo las órdenes del comandante, la fragata Topaze levantó anclas y zarpó.



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Mi abuelo contaba esta historia, unas veces como narrador, otras como si él fuese el propio moái, y decía:

—¿Adónde me van a llevar? ¿Quiénes son estos hombres? ¿Y si el barco se hunde? ¡Me hundo en el fondo del mar y nunca más veré el sol, ni la luna y nunca más protegeré la isla! Un miedo se apoderó de mí y nada podía hacer. Yo solo sabía permanecer de pie todo el tiempo, despertando con el sol y durmiendo con la luna, mi imagen de espaldas al mar protegiendo la isla. Nada más que eso.

Estuvimos semanas navegando en medio a las aguas revueltas del océano Pacífico en dirección al sur de Chile. Yo solo me enteraba de lo que sucedía a bordo cuando algunos marineros venían al depósito a dormir sobre los sacos de maíz, escondidos del comandante.

La fragata rodeó el punto más meridional del continente americano y después subiendo, bordeando la costa oriental, siguió navegando por el Atlántico, ladeando Argentina, Uruguay y Brasil.

El navío atracó tres veces. La primera vez en la ciudad de Buenos Aires, la segunda en São Sebastião de Rio de Janeiro y la última en Salvador, para abastecer a la tripulación con agua y provisiones. De Salvador navegó hasta el punto más septentrional de América del Sur y después se lanzó en la aventura de cruzar el océano Atlántico hasta las islas Canarias, ya en la costa africana.

Allí paramos dos días y en seguida el navío se dirigió a Marruecos, al puerto de Casablanca y después a Lisboa para nuevamente abastecer. Navegamos una semana desde el puerto de Lisboa hasta el puerto de Portsmouth y el veinte y cinco de agosto de 1869, según los registros, la fragata atracó. Mi salida del navío fue bastante caótica, decía mi abuelo haciendo las veces del moái. En vez de retirarme del navío, una multitud quería bajar a la bodega para verme. Un lío tremendo, hasta que el comandante disparó algunos tiros al aire para ahuyentar a los curiosos. Por fin salí. Tuve suerte que en este puerto había mucho equipamiento y consiguieron colocarme en una gigantesca carroza con veinte y dos ruedas. Lentamente la carroza, tirada por una docena de caballos ordenados en dos hileras de seis, fue conducida hacia una ciudad llamada Londres. La carroza paró delante de un edificio, en cuya entrada había un letrero donde se leía: British Museum.



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Cuidadosamente, me llevaron a un salón y, con una pequeña grúa, me colocaron sobre una enorme base de concreto.

Y allí permanecí expuesto a los ojos de miles de curiosos.

En los primeros días hubo una ceremonia importante en el museo. Apareció una señora con una corona en la cabeza, acompañada por el comandante de la fragata Topaze, algunos hombres y muchos guardias. Ella se quedó mirándome por todos los lados y después salió. Nunca más volvió. Yo me quedé allí, a miles de leguas de Rapa Nui, lejos de mis amigos y, lo que es peor, sin ver el sol.

Y así pasó el tiempo... Salimos del siglo diecinueve... Entramos al siglo veinte... En el museo, casi todos los meses había una novedad. Nuevos amigos venían de todas partes del mundo. Eran cuadros, monedas, esculturas, libros, joyas, artesanía africana, máscaras, en fin... miles de objetos.

Era hasta vecino de la Piedra Roseta, una piedra importante traída al museo mucho antes que yo. Reformaron y pintaron el museo muchas veces. De tiempos en tiempos, instalaban una iluminación nueva, pero yo, siempre lejos del sol. ¡Qué nostalgia!

Me di cuenta que mi abuelo paró un poco el relato como si no le gustase mucho lo que iría a contarme a seguir y, volviendo a narrar como si fuese el moái, continuó así...

Hasta que un día las puertas del museo se cerraron. Era el año de mil novecientos y catorce. Supe que era por causa de una cosa llamada guerra mundial. No entendí. Años después abrieron las puertas del museo y todo volvió a ser como era antes. Todos los días venían personas a visitarme.

Lejos de mi tierra era la única cosa que me divertía. Las personas me miraban por todos los lados. ¿Qué tendría yo de tan importante?

A veces llegaban con una cajita negra y yo me asustaba con aquella luz destellando sobre mí. Descubrí después que era a tal máquina fotográfica. Las puertas del museo volvieron a cerrarse en el año de mil novecientos y treinta y nueve. Esta vez la guerra fue peor. Se escuchaba un ruido ensordecedor. Mis amigos decían que eran bombas cayendo del cielo y que destruían todo donde cayesen. Eran aviones alemanes bombardeando la ciudad. Yo nunca había escuchado esa palabra. Ni



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sabía lo que era guerra y ni lo que era bomba, mucho menos avión, pues en la isla vivíamos en paz. Me quedé asustado solo de pensar que una bomba podría caer encima de mí y pedí para que mis hermanos de la isla me protegiesen. Y si fuese destruido, ¿qué sería de mí? No quería ni pensar en aquella hora.

Me fui a almorzar y volví al museo. Continué recordando lo que él me decía...

En 1926, un navío a vapor de bandera francesa atracó en el pequeño puerto de Rapa Nui, isla que tiene el apodo de «el ombligo del mundo». Del navío bajó un grupo de turistas. Eran ricos europeos que habían fletado la embarcación en Calais, Francia, y navegado miles de leguas solo para conocer la misteriosa isla. Unos venían de Italia, otros de Francia, Portugal, Noruega e Inglaterra. En el puerto, fueron recibidos por isleños que solo hablaban la lengua nativa, con excepción de uno o dos más jóvenes que hablaban muy mal el español. Frente a frente, en tierra, todos se miraron con extrañeza.

De un lado, los ruidosos europeos con pesadas vestimentas totalmente inadecuadas para aquel lugar perdido en medio del Pacífico, del otro lado los isleños semidesnudos.

Un joven inglés, con una actitud determinada y vestido de safari, fue acercándose lentamente con la mano levantada en dirección a un anciano de la isla.

Paró delante de él, lo miró a los ojos, bajó la cabeza y en seguida le extendió la mano. En aquel momento todos se quedaron callados, solo se escuchaba el ruido de las olas rompiendo en las piedras a orillas del mar. El isleño levantó la cabeza, extendió la mano y saludó al joven. Todos continuaron callados. Los dos, de manos apretadas en posición de saludo permanecieron mirándose el uno al otro, hasta que el isleño pronunció unas palabras que el joven no entendió. Ciertamente el isleño, sabiendo que él no iría entender, llamó a un nativo que hablaba español y le pidió para que tradujese y el nativo habló: —¡Bienvenidos! Un turista italiano intercedió, diciendo al joven inglés John Brown que el nativo le estaba dando la bienvenida. John Brown estrechó la mano del isleño y ambos sonrieron. Los turistas permanecieron en la isla durante dos meses. John se volvió muy amigo del isleño y de su intérprete nativo. Los tres andaban días y días por toda la isla. Llevaban muchas provisiones.



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Dormían en casas de piedra o en una cabaña improvisada. John tuvo la oportunidad inédita de ser guiado por los dos, y así conoció todos los moáis de la isla. Las cabezas de la isla o los «naoki», como los isleños las denominan.

John conoció los moáis con ojos y párpados entallados y que tienen sobre la cabeza una especie de sombrero que llaman de «pukao». Hay moáis que fueron hechos de una piedra volcánica muy porosa, extraída del volcán Puna Pao y tienen un color rojizo. Son moáis gigantescos, que llegan a pesar doce toneladas, todos orientados hacia la isla de espaldas al mar. Ya los moáis de la categoría Rano Raraku son estatuas con dibujos en relieve e inscripciones en Rongorongo, la lengua Rapa Nui, jamás descifrada. Una característica de estos moáis es que no poseen sombrero ni párpados dibujados.

Y la tercera categoría es la de los Tukuturi que poseen piernas. Algunos fueron esculpidos en la posición sentada sobre las pantorrillas, con brazos al lado del cuerpo y genitales fálicos expuestos.

John se sintió muy avergonzado cuando supo de los moáis que habían sido retirados de la isla y que los propios nativos tuvieron que ayudar a colocarlos en los navíos para después ver esos mismos navíos hundirse alrededor de la isla arrastrando los moáis al fondo del mar... Una verdadera tragedia, vidas y moáis desaparecidos. John trató de contemporizar, fantaseando y diciendo que aquellos moáis estarían protegiendo la isla en el fondo del mar, mientras los demás protegían por tierra. No fue convincente. El viejo isleño no aprobó su teoría.

Después de varias semanas los turistas dejaron aquella lejana isla perdida en el Pacífico y volvieron a Europa. Cada uno llevando de recuerdo todo lo que había visto. Menos John Brown, que se separó del grupo y viajó a Santiago de Chile.

Un guardia me avisó que tenía que salir del museo, pues ya estaba en la hora de cerrar. Era un día lunes, casi 5 y 30 de la tarde. Salí y volví al día siguiente, a las 10 de la mañana. Me senté en el banco frente al moái y continué recordando lo que mi abuelo me contó aquella tarde...

—John Brown, en aquel año de 1926, fue a Chile y allá consiguió su primer empleo en el puerto. Como él hablaba inglés fluentemente, consiguió un puesto de verificador de cargas de buques mercantes. Era un tipo simpático y divertido, aprendió rápidamente a hablar el español e



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hizo muchos amigos. En sus horas libres, leía todo lo que podía y lo que le caía en las manos a respecto de la Isla de Pascua, las teorías sobre el origen de los nativos de la isla y sus costumbres. John acabó conociendo a personas como él, encantados con la historia de la isla. Sus amigos le obsequiaban recortes de periódico y libros sobre el tema, y pronto se convirtió en un experto del asunto, a tal punto que las personas iban a consultarlo sin mucha ceremonia, aun siendo él un extranjero.

En su modesto dormitorio tenía una verdadera biblioteca con historias como la de Jacob Roggeveen, que fue el primer europeo a tener contacto con la isla, el 5 de abril de 1722, y permaneció allí por algunos días. Felipe Gonzales de Ahedo habría visitado la isla en 1770 y reivindicado su propiedad como parte del Imperio Español. Consta que otros navegantes, como James Cook y Jean-François de La Pérouse también estuvieron en la isla por poco tiempo, en los años de 1774 y 1786.

John se hizo tan conocido, que llegó a dar una serie de entrevistas en la radio chilena, y entablar amistad con profesores de la universidad y políticos importantes. Eso fue alrededor de los años de 1930.

Con todo este encanto por la Isla de Pascua, John pasó a sentir pena del moái llevado a Inglaterra y una idea muy loca empezó a germinar en su cabeza: ¡Traer el moái de vuelta a su lugar original! Pero, ¿cómo podría hacerlo? ¡Él estaba en Santiago a catorce mil kilómetros distante de la isla de Londres! ¡Eso en línea recta! ¡De navío mucho más! Entonces, ¿cómo lo haría?

John juntó sus ahorros y en 1931 viajó a Londres, se hospedó en un hotel cerca del museo y, por diversas veces, se sentó en el banco delante del moái, ciertamente en el banco en que estoy sentado ahora. Tantas veces visitó el museo que hizo amistad con los guardias de seguridad y con el director, al punto de tener pase libre y andar por áreas exclusivas de los funcionarios. Por la noche, en la habitación del hotel, anotaba todos los detalles que veía y elaboró un mapa del museo con todas sus salas y depósitos.

Cuatro años después volvió a Londres. Algunos guardias de seguridad del museo lo reconocieron, pero tuvo que entablar amistad con el nuevo director, que lo miraba con mucha desconfianza. John, en aquella ocasión, se valió de la amistad con los guardias de seguridad que ya lo conocían y pasó a estudiar una manera de retirar el moái del museo.



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Descubrió que había en el museo dos grúas para transportar objetos pesados como el propio moái. Esto le inspiró a crear un plan delirante y, en el hotel trazó una ruta de fuga en el mapa, en los mínimos detalles.

Convencido de que el plan sería posible, volvió a Chile y comenzó a buscar tres voluntarios para acompañarlo en esta audaz y temeraria operación. Encontrar personas para esta aventura resultó una tarea muy difícil, pues tenía que confiar totalmente su proyecto a personas ajenas. John inicialmente se contactó con Martín, el secretario de cultura de la ciudad quien inmediatamente le brindó su apoyo. Pero no servía de mucho que el secretario fuese a Londres ya que era un señor de casi noventa años y nada podría hacer. Sin embargo, conversar con él le rindió frutos; el secretario tenía dos jóvenes auxiliares: Sebastián, un pintor académico en las horas libres y Javier, un escultor. Martín llamó a los dos y les explicó el plan de traer el moái de vuelta a la isla. Ambos, inmediatamente, acataron la idea con extremado patriotismo y entusiasmo y se colocaron a disposición. Faltaba todavía un voluntario para que el plan funcionase y este apareció de forma casual e inesperada.

John encontró a Jorge, uno de los guardias del museo de Londres, andando por una calle de Santiago y después de saludarlo le preguntó qué estaba haciendo en Chile. Jorge le respondió que era chileno y que estaba de vacaciones visitando a la familia. John no tuvo dudas. Lo invitó a una cafetería para conversar y le explicó el plan detalladamente. Inicialmente, Jorge no aceptó, dijo que si fuese descubierto perdería el empleo y podría incluso ser preso. John no se dio por vencido, pues tener un aliado dentro del museo era todo lo que él necesitaba. Conversaron más de una hora hasta que, finalmente, Jorge aceptó y resolvió colaborar. El equipo estaba formado: John, Jorge, Sebastián y Javier.

Pocos días después Jorge volvió a Inglaterra y en 1938, John viajó a Londres acompañado por los dos asistentes de Martín. Los dos conocieron el museo, los cuatro se encontraron y John expuso su plan.

El plan para retirar el moái parecía perfecto y no había nada más que los hiciera cambiar de idea; sin embargo, algo les decía que no era el momento apropiado y los tres regresaron a Santiago cuando los sorprendió la noticia del inicio de la Segunda Guerra Mundial.

Sebastián y Javier se quedaron muy consternados, pero a John la noticia no le inmutó y les pidió que se preparasen para volver a Londres. John



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sentía que una situación oportuna estaba por venir. Y las cosas se desarrollaron así: Jorge envió una primera correspondencia a John comunicándole que el museo estaba cerrado. A fines de septiembre de 1940, John recibió otra correspondencia de Jorge contando que la seguridad del museo se había debilitado mucho en virtud de los bombardeos de la Luftwaffe. Nadie quería quedarse a cuidar el museo con miedo de que una bomba cayese en su cabeza. John no titubeó y convenció a Sebastián y Javier a viajar con él a Inglaterra en medio de la guerra.

Dicho y hecho. A pesar de toda la incomprensión y resistencia de los familiares de los dos asistentes de Martín, los tres embarcaron en un navío carguero hasta la ciudad de Porto, en Portugal. Permanecieron cuatro días y consiguieron una pequeña embarcación que los llevó hasta La Rochelle, en Francia. De allí la aventura continuó ya en territorio de guerra. Siguieron viaje y consiguieron llegar a Brest. Allí, la suerte les sonrió. Permanecieron una semana en la ciudad y conocieron a Ted, un estadounidense que acabó revelándoles que trabajaba para el Servicio Secreto de los Estados Unidos. Era un espía con casi dos metros de altura. Él les confidenció el motivo de su presencia en aquella región y ellos le contaron lo que irían a hacer en Inglaterra. Ted se quedó admirado con la determinación de los cuatro y resolvió ayudarlos. Volaron juntos en un hidroavión hasta Falmouth, en Inglaterra. El avión acuatizó en el mar el día quince de enero de 1940, en medio a una fuerte tempestad. Ted condujo el hidroavión hasta un atracadero donde bajaron los cuatro. John hablaba inglés. Él era inglés. Sebastián y Javier no hablaban casi ninguna palabra. Con mucha dificultad y mil aventuras, consiguieron recorrer los cuatrocientos y cincuenta kilómetros de distancia hasta Londres. Viajaron de aventón y como que por milagro, en medio a la confusión de la guerra, nadie los paró. Sebastián y Javier querían mil veces desistir, despavoridos por las escenas desoladoras que presenciaban, pero no tenían más como volver a no ser en la compañía de John, que seguía con el firme propósito de llevar el moái de vuelta a la isla, costase lo que costase. Llegaron a Londres al final de tarde y fueron al museo para encontrarse con Jorge y conocer el ambiente, el lugar de la grúa y del moái Hoa Hakananai'a. La determinación era tan grande que ni daban atención a las bombas que caían del cielo, de los aviones de la Luftwaffe.



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Pasaron la noche en una pequeña habitación donde Jorge vivía, en un edificio cuya parte lateral había sido destrozada por una bomba. De la calle podía verse cómo las personas vivían. Cuadros en la pared, algunos muebles, cocina, área de lavandería y el resto, ruinas.

Al día siguiente... un camión estacionó con el motor encendido en una de las laterales del museo. En las puertas del camión y en su carrocería se leía la inscripción: «Pedrera Smith». Del camión bajaron John y Sebastián. Javier se quedó al volante. Jorge los esperaba dentro del museo, vestido con uniforme de soldado inglés y con uniformes para los tres compañeros. Mientras Jorge cuidaba el portón, John y Sebastián corrieron hasta el salón donde estaba la grúa. Sebastián condujo la grúa lentamente hasta el moái y cuando paró, John tiró cuatro cables que se encontraban en la punta de la torre de la grúa y los sujetó en la base del moái. John cubrió el moái con una lona que también llevaba la inscripción «Pedrera Smith». En seguida Sebastián levantó el moái de la base y condujo la grúa hasta el camión donde lo descargó. Javier ayudó a John a sujetar el moái a la carrocería, mientras Sebastián llevaba la grúa al interior del museo.

Al tiempo que se llevaba a cabo la operación, caían bombas sobre Londres y se escuchaban las sirenas de alarma avisando a la población para que se protegiesen en los refugios. En la calle no había una alma viva, solamente los cuatro. Jorge cerró el portón y los tres vistieron los uniformes de soldados ingleses. Javier asumió el volante y enrumbaron hacia Falmouth. Javier y John ocuparon la cabina mientras Sebastián y Jorge se acomodaron en la carrocería del camión. Tenían por delante un reto de casi cuatrocientos y cincuenta kilómetros. Ellos se turnaban al volante y permanecían atentos todo el tiempo en el trayecto.

La primera parada fue en Basingstoke. El trayecto transcurrió sin problemas. La segunda parada fue en Tauton, también sin incidentes, pero a camino de la tercera parada –Falmouth– el destino se manifestó: un comando de soldados los interceptó. John espontáneamente bajó del camión y fue al encuentro de dos soldados y les explicó que estaban transportando una piedra que sería triturada. Uno de los soldados subió a la carrocería, levantó un poco la lona y cuando constató que se trataba realmente de una piedra, bajó de la carrocería y liberó el camión para seguir viaje.



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Cuando el camión se puso en movimiento, los cuatro se secaron el sudor de la frente. Fue un susto enorme. Al atardecer, después de algunos kilómetros recorridos, llegaron a Falmouth donde previamente Jorge había alquilado un galpón y allí se escondieron. Pero, surgió un problema simple e increíble, que pese a todo el cuidado, no lo habían pensado: ¿cómo iban a descargar el moái del camión? Cansados y tensos, dejaron para resolver el problema al día siguiente a pesar de saber que deberían dejar el territorio inglés lo más antes posible, pues si las autoridades en Londres se diesen cuenta que el moái había desaparecido, ciertamente darían una alerta general y ahí sí las cosas se complicarían. Temprano por la mañana, John fue al puerto para analizar el movimiento. Como por obra del destino, encontró a Ted en el camino. En el puerto había un carguero chileno atracado, el Valparaíso II, con la rampa de acceso baja. John no esperó un minuto y pidió a Ted que lo ayudase sobrevolando lo más rápido posible el puerto con el hidroavión y, corriendo hasta el galpón, asumió el volante del camión. Con los tres amigos y el moái en la carrocería, invadió el área del muelle reventando la cancela sin preocuparse con los tiros de los soldados ingleses. Mientras tanto, Ted hacía acrobacias sobre el mar frente al puerto, distrayendo a todos. Cuando el camión subió la cubierta del navío, John corrió para hablar con el capitán y explicarle lo que tenía en la carrocería.

Recuerdo que esta era una de las partes que a mi abuelo le gustaba contar más y decía: «fue una escena de película, mi nieto. ¡Te lo puedes imaginar!».

En aquel momento las cosas rápidamente se alteraron. Para la incredulidad de todos en el puerto, seis marineros soltaron las amarras que sujetaban el navío al muelle y, en seguida, corrieron hacia la rampa de acceso que estaba levantándose. Al mismo tiempo que el ancla subía, el navío comenzaba a moverse. Sucedió todo muy rápido y la flameante bandera chilena en la proa, con su franja roja, comenzó a alejarse del muelle y a adentrarse en el océano. A bordo, todos rezaban para no ser atacados por los submarinos alemanes. Tanto Javier como Sebastián y Jorge le preguntaban a John como había conseguido que un carguero chileno estuviese a su espera en el puerto, ¡a aquella hora y en aquel día! Más aun, con Ted haciendo acrobacias aéreas. A lo que John respondió tranquilamente: —Puro destino. Obra del Señor.



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Los tres, inconformados, se callaron y hasta el capitán del navío, que no los conocía, se quedó asombrado con la coincidencia y, al mismo tiempo, muy orgulloso de la carga que estaba transportando.

Muchos días después, como por un milagro, consiguieron atracar en la isla francesa de Ouessant, en el mar de Iroise, donde permanecieron por cerca de treinta días, bajo fuerte tensión. Sabían que en la región transitaban submarinos alemanes y, de vez en cuando, veían pasar una escuadra de aviones de la Luftwaffe. Cuando las provisiones empezaron a escasear, el capitán decidió navegar lentamente lo más cercano posible de la costa francesa. Después de dos semanas, lograron atracar en Santander, en el norte de España, con los víveres en el límite.

En Santander permanecieron tres meses en la esperanza de que la guerra acabase. Después de recibir información de que la guerra no terminaría pronto, ellos tenían que decidir lo que hacer. Al enterarse que las fuerzas aéreas y navales enemigas se habían desplazado hacia el mar del Norte, navegaron inmediatamente a Gijón. En seguida a Foz, Coruña y Viana do Castelo, esta última ciudad en Portugal. Era ya el año de mil novecientos y cuarenta y dos. De Viana do Castelo, el comandante transmitió un telegrama a la compañía de navegación en Chile, explicando su situación. Mientras tanto, John pidió recursos a Martín en Santiago, pues el dinero había acabado, y pidió también sigilo absoluto hasta llegar a la isla. Más tarde, ya en Santiago, John se enteró que las autoridades inglesas habían descubierto tres días después de la retirada, el desaparecimiento del moái y decretaron alarma general, sin resultado. También supo que dos bombas habían caído sobre el museo causando daños, pero eso no les contó a los amigos, para no asustarlos. Ya era bastante todo lo que habían vivido en aquellos días. Los británicos consideraron el desaparecimiento del moái una ofensa y una frustración, pues ni el servicio secreto había conseguido descubrir el paradero del Hoa Hakananai'a. Lo consideraron un hecho inusitado cometido bajo sus narices y el caso se divulgó en los periódicos de todo el mundo, con el título del reportaje: «Un gran misterio». Y como si no bastase, los periódicos crearon miles de historias para explicar al público cómo el moái había desaparecido.

De Viana do Castelo, el Valparaíso II navegó hasta Lisboa y allí permaneció atracado, en el fondo de un astillero, en lo alto del río Tejo. La compañía chilena envió recursos para que el capitán del navío



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permaneciese por largo tiempo en Portugal y lo mismo hizo Martín con John y sus tres amigos. El Hoa Hakananai'a permanecía quieto en la carrocería del camión. Tanto la tripulación del navío como John y sus amigos circulaban por Lisboa, que en aquella ocasión estaba infestada de espías internacionales. John, en sus andanzas alrededor de Lisboa conoció en Estoril a un hombre muy encantador y cautivante llamado Dusko Popov y cuando retornó a Santiago, dio gracias a Dios el no haberle comentado nada sobre el moái, pues cuando descubrió quién era, podría haber colocado todo su plan en riesgo.

Por increíble que parezca, el navío quedó atracado hasta 1944. Nadie quería salir de Lisboa. Todos ya hablaban razonablemente bien el portugués y se sentían seguros, a pesar de que la guerra no había terminado. Pero al final de aquel año no tenían más cómo retrasar la partida y el Valparaíso II dejó Lisboa debidamente abastecido rumbo hacia la Ciudad del Cabo, en Sudáfrica. Allí, el capitán Menezes y John se sintieron bien más seguros, lejos de los aviones y de los submarinos alemanes.

Al final de abril de 1945, el capitán Menezes recibió la orden para llevar el Valparaíso II a Santiago. El navío levantó anclas del puerto de la Ciudad del Cabo el día cinco de mayo y se dirigió al pasaje de Drake, al extremo sur de América del Sur. En vez de bordear la costa chilena para atracar en el puerto de Santiago, Menezes llevó el Valparaíso II directo a la Isla de Pascua, donde atracó el día veintinueve de mayo. Al acercarse a la isla, el navío llamó mucha atención y un grupo de nativos se dirigió al muelle, pues era una visita inesperada en aquella isla tan distante. Cuando el Valparaíso II atracó y la rampa de acceso bajó, los primeros a salir del navío fueron el capitán Menezes y John, que luego fue saludado por un nativo, a quien él inmediatamente reconoció. Era su guía que hablaba español cuando conoció la isla, en 1926. Ambos se abrazaron y John se enteró que el viejo nativo había fallecido. Los dos volvieron al navío y, en seguida, cinco hombres subieron a la carrocería del camión y retiraron la lona sobre el Hoa Hakananai'a.

Volviendo al tiempo presente... En aquel momento, un guardia vino por detrás de mí, me tocó en el hombro y pidió que me retirase. El museo ya iba a cerrar. Hacía frío y me fui a tomar un té en el Palm Court del Hotel The Langham. De allí, saboreando un delicioso té, llamé por teléfono a mi abuelo en California. Le conté lo que había sucedido y él me respondió:



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—Mi querido nieto, es una pena que la historia sea una ficción, pero creo que, en medio a la confusión de la Segunda Guerra Mundial, eso podría haber sucedido. Talvez hubiese sido una oportunidad perdida. Y vea que actualmente en los periódicos, el gobierno chileno constantemente reivindica el regreso del Hoa Hakananai'a a la Isla de Pascua. Quien sabe un día...Y cuando esto suceda, me gustaría estar allí contigo. ¡Será una gran fiesta! Y ya me imaginó a Hoa Hakananai'a diciendo:

—¡Hola amigos! ¡Volví!

*Registrado en la Biblioteca Nacional con el número 2170/19 el 27/03/2019

Tradução: Norma Medina (Inglesipe - Idiomas Personalizados) www.inglesepe.com.br

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Hoa Hakananai'a

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